En los cimientos
de la que fue esplendor de cristiandad,
antes de que viajáramos a lejanas estrellas
y se helara por días el corazón del mundo
se han encontrado restos.
Aquel hombre
que preparaba trampas hermosísimas
para atrapar a Dios sin conseguirlo nunca,
el mismo que aún debía soportar
el lastre de su cuerpo, hoy nos ofrece
una enternecedora herencia.
Entre las piedras
de la que fuera excelsa catedral
en el viejo planeta, se han hallado
restos que le pertenecían.
Un sólido antebrazo —ha resistido el curso
de átomos y milenios— se conserva; en él puede
leerse todavía la inscripción
de un nombre, de mujer posiblemente.
Y era un hermoso nombre: MADEINUSA.
Quizá sea premonitorio. Si el mundo no cambia será así. Me encanta que estés entre nosotros, Soledad
ResponderEliminarBienvenido, Joaquin, con esta muestra tan identificativa de tu pensamiento, en forma de poema...
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