del campo de trigales a la espera.
Del grito de la piel,
la vez primera
que llegas al incendio de repente.
Del aire del volcán
incandescente
que quema y que te extingue, la frontera
que debes alcanzar.
La sementera
del flujo desbordado de la fuente.
Después, cuando el tornado ya es sosiego,
rescoldo de la fragua,
y abatida
quemadura en bodega de buen vino,
jamás olvides que sembraste el fuego
del cielo sudoroso
y de la herida
que harán mover la piedra del molino.
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