El ser humano como especie sobrevivió por su capacidad de
adaptación, de dividir su atención y fragmentarse para atender a las
multitareas cuando la ocasión lo precisaba: cuidar el fuego y a la
prole a la vez, cazar y contemplar el paisaje, mirar el cielo por si
llovía, nevaba o resplandecía el sol.
Hemos sabido superar la rutina del instinto, crear un instinto
artificial gracias a nuestro plástico y cambiante cerebro. Somos la
especie que viaja y se pregunta, que plantea un problema e inventa
la máquina adecuada. ¿Pero nuestros inventos nos inventan a su
vez?, ¿reinventan nuestra mente, y nos conducen a contemplar y
pensar de manera diferente?
A finales del siglo veinte el teléfono móvil empezó a borrar las
fronteras y los ordenadores comenzaron a comunicarse entre sí.
Nuevas máquinas, nuevas situaciones y nuevas conexiones
neuronales. Como en la película de Poltergeist, gentes del otro lado
invadieron todos los espacios.
El trabajo entra en casa, el ocio entra en el trabajo. En el
espacio laboral consultamos cuestiones privadas a través de las
redes sociales y estas, a su vez, permiten a nuestros superiores saber
qué hacemos fuera de la oficina o la fábrica.
espacio laboral consultamos cuestiones privadas a través de las
redes sociales y estas, a su vez, permiten a nuestros superiores saber
qué hacemos fuera de la oficina o la fábrica.
Entramos en un bar o en un café no por amor al alcohol o la amistad
sino a la wifi. Allí calladitos y apantallados, resolvemos un trabajo
pendiente, hablamos con un familiar o consultamos qué ocurre al
otro extremo del planeta. Y a nuestro lado puede haber un individuo
o una individua que le esté contando por el móvil a un pariente
cómo le fueron las vacaciones o que piensa comer mañana y de qué
va la receta. Y si este humano parlanchín nos toca cerca en un viaje
en autocar de tres o cuatro horas, no nos quedará más remedio que
aturdirnos con nuestra música favorita vía cable y auricular.
Todo se mezcla, todo se fragmenta, todo se vuelve simultáneo,
todo es superficial. Demasiado tiempo para la acción y poco para la
reflexión.
Este texto, parte de una extraordinaria conferencia pronunciada recientemente por Rafael César Montesinos, demuestra su profundidad y originalidad de pensamiento. Un escritor y pensador divergente, que va más allá de la superficie de las cosas y que demuestra que la escritura es, ante todo, un vehículo de reflexión y conocimiento. Magnifico texto, Rafa. Iluminador y fundamental.
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