Se hacía llamar Robert Lax por aquellos descendientes de los dorios. Estuvo treinta y seis años entre las islas de Lesbos, Calimnos y Patmos, conversando con el mar que todo lo sabe sobre cómo encontrar algunos pecios en otras latitudes, como el saco en el que murió Domingo López Torres. Los pescadores jamás quisieron contar la verdadera historia de sus andanzas, pero Lax dejó escrito «una cosa que es», como si hubiese bautizado con sus palabras el horizontal perfil con el que nacen las olas. Un día decidió volver a su pueblo natal, en el estado de Nueva York, y murió semanas después. La noticia no fue su muerte, sino que a miles de kilómetros de sus cenizas alguien descubrió que ciertos olivos murmuraban pensamientos muy parecidos a la luz del sol, cegadores y verticales como las páginas de un códice que recordase lo que él escribiera. Los ancianos han decidido no decir ni una palabra a los curiosos periodistas enviados desde Atenas porque creen que hay pensamientos que, como la sal, iluminan la sombra que proyecta todo aquello que pronunciamos. Mientras tanto, los niños ponen a secar en el espigón las esponjas que han arrancado de las profundidades con sus manos, y cuando uno de ellos tararea «kalimera kirie Robert», otro le responde «kalimera pediá».
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XII por Miguel Ángel Muñoz San Juan
Se hacía llamar Robert Lax por aquellos descendientes de los dorios. Estuvo treinta y seis años entre las islas de Lesbos, Calimnos y Patmos, conversando con el mar que todo lo sabe sobre cómo encontrar algunos pecios en otras latitudes, como el saco en el que murió Domingo López Torres. Los pescadores jamás quisieron contar la verdadera historia de sus andanzas, pero Lax dejó escrito «una cosa que es», como si hubiese bautizado con sus palabras el horizontal perfil con el que nacen las olas. Un día decidió volver a su pueblo natal, en el estado de Nueva York, y murió semanas después. La noticia no fue su muerte, sino que a miles de kilómetros de sus cenizas alguien descubrió que ciertos olivos murmuraban pensamientos muy parecidos a la luz del sol, cegadores y verticales como las páginas de un códice que recordase lo que él escribiera. Los ancianos han decidido no decir ni una palabra a los curiosos periodistas enviados desde Atenas porque creen que hay pensamientos que, como la sal, iluminan la sombra que proyecta todo aquello que pronunciamos. Mientras tanto, los niños ponen a secar en el espigón las esponjas que han arrancado de las profundidades con sus manos, y cuando uno de ellos tararea «kalimera kirie Robert», otro le responde «kalimera pediá».
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